Madrid es la capital mundial del anti messismo. Los años de padecimientos del Real Madrid ante Lionel cimentaron ese sentimiento. Es una fuerza que trabaja para desmerecerlo, aunque tenga 39 años y clave tres en un Mundial, aunque haya ganado todo, aunque ya haya superado largamente la discusión de mejor futbolista de la historia y ahora esté en la de mejor de todos los deportes.
Así que desde que llegué acá me la paso escuchando que a Messi le regalaron el Mundial de Qatar. Esa misma gente, después de la jornada de gloria ante Argelia, habló de la plancha que supuestamente merecía una roja y del mal rendimiento del arquero hijo de Zidane. Me confrontaron con sus argumentos reglamentaristas: “A cualquier otro jugador lo hubieran expulsado, pero a Messi siempre ayudan”. Claro, justamente, a cualquier otro sí, a Messi no. No hay ninguna mano negra atrás, simplemente quién va a tener los huevos de expulsar a la leyenda. Ni a sacarle amarilla se animó el árbitro. Y al hijo de Zidane nunca lo había visto atajar en mi vida, supongo que si lo convocan para un Mundial es porque debe ser bueno (al menos en un nivel parejo con el de Cabo Verde que le amargó la fiesta a España), pero si hizo concesiones frente a Argentina fue justamente porque el que pateaba era Messi. Al más grande de la historia no se le sacan tarjetas y los arqueros rivales se le cagan en las patas. No es ayuda ni es suerte: es un premio a la rutina de lo extraordinario que representa Lionel hace 20 años.
Dejo de lado las bajezas de estas discusiones enanas sobre el Enano para hablar de su grandeza, de su gigantismo. Vi el partido del martes en un boliche reconvertido a recinto para ver el partido. Eran las tres de la mañana de un día laborable. No estaba lleno pero había otros dos boliches, que cobraban entrada, que sí estaban llenos de argentinos. Locura. Y Messi nos pagó a los trasnochadores con esos golazos, con esas lágrimas, con esas risas. El fenómeno de gritar con más fuerza el segundo que el primero y el tercero que el segundo, con el partido cada vez más liquidado. Una ascendente de alegría por verlo al mago hacer su magia.
La mayoría de los que estábamos en ese boliche clandestino de Madrid, mientras la ciudad dormía, con nuestras camisetas de Argentina, nuestros tatuajes de las tres estrellas, nuestros fernets, éramos niños cuando apareció Lionel en Alemania 2006. Se cumplían justo 20 años de su primer gol mundialista ante Serbia y Montenegro, un país que ya no existe más, como tampoco existen ya tantas cosas, como no existen acá en España los asados o las medialunas. Pero Lionel sigue existiendo en nuestras vidas que transformó con su fútbol. Los que somos de la Generación Messi solo le podemos decir gracias, una vez más, y van…







