No hay fiebre mundialista en Madrid, al menos por ahora. Si hay algún tipo de furor social por estos días no fue motivado por el deporte más popular del mundo, sino por el Papa León XIV, que coronó una semana de visita apostólica en la que reunió multitudes en Madrid, dejó una postal icónica en Barcelona y mostró la cara más sensible de la Iglesia en las Islas Canarias. Todos los medios de comunicación y sectores políticos hicieron un balance celebratorio de la gira papal.
León XIV, con su gesto suave y su (falta de) carisma, tan distinto a Francisco, se dio un baño de masas en la capital española. Se reunió con los reyes, con el presidente Pedro Sánchez y habló en el Congreso de los Diputados. Pero lo más destacado estuvo en sus actos de cara a la gente: 500 mil jóvenes para un encuentro nocturno, un Santiago Bernabeu lleno de comunidades diocesanas y un millón 200 mil personas para la Misa del Corpus en Cibeles. Nadie esperaba semejante cantidad de gente: ni los españoles eran conscientes del revival católico que está viviendo su sociedad luego de varias décadas de declive de la religión en sus vidas.
Ya con el público en el bolsillo, el Papa viajó a Barcelona y cumplió con los sectores nacionalistas de Cataluña que le pedían que diera la Misa en catalán, “la lengua en la que hablamos con Dios”, según la solicitada pública que difundieron a través de los medios. León XIV visitó una cárcel y luego consagró la torre de la catedral de la Sagrada Familia (en el tramo final de su obra luego de casi 150 años). Fue un espectáculo de arquitectura, luces y símbolos que mostró lo más elevado de la estética católica. Gaudí, genio y figura.
Pero todo eso en realidad fueron escalas previas como parar a comprar medialunas en Atalaya de camino a Mar del Plata. Este viaje en realidad tuvo el propósito de cumplir un mandato del Papa Francisco, que no tenía por objetivo a las deslumbrantes Madrid y Barcelona, sino a las problemáticas Islas Canarias, el punto a donde llegan en balsas (pateras les dicen acá) cientos de inmigrantes provenientes de África. Muchos mueren en el mar, otros son menores que llegan sin sus padres.
El proyecto de Francisco era insistir con el drama humanitario de los migrantes que llegan desesperados a distintos puntos de Europa, como había hecho en la italiana isla de Lampedusa en 2013, a apenas unos meses de haber sido elegido Papa. Ahora su sucesor siguió con su legado y, desde Canarias, recriminó al Estado Español que la atención de los migrantes en riesgo no puede quedar en manos únicamente de voluntarios. “La dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera”, manifestó.
Mientras los colectivos siguen circulando por Madrid con las banderas del Vaticano en sus espejitos retrovisores, no aparecieron, al menos por ahora, las banderas de España en los balcones para mostrar apoyo a su Selección. “No hay clima mundialista, estamos fríos”, dicen los españoles, comparándose con mundiales previos. No se entienden del todo las razones, sobre todo porque el equipo que tiene a Lamine Yamal como figura llega como el máximo favorito a la cita de Estados Unidos, México y Canadá. Algunos dicen que acá en Madrid un factor puede ser el resentimiento porque el combinado nacional está plagado de jugadores del Barcelona y, por primera vez en la historia, no lleva a nadie del Real Madrid (es normal, porque el plantel está repleto de extranjeros).
Yo tengo mi propia hipótesis: después de salir campeón en Sudáfrica 2010, España volvió a su lugar histórico de no pasar octavos de final, aun cuando se ha presentado con entrenadores y jugadores que le permitían soñar en grande. Así que la gente no se quiere ilusionar porque tiene miedo de volver a decepcionarse.
No aplican aquello del tango que dice que “primero hay que saber sufrir” ni tienen tatuado eso de que “el que abandona no tiene premio”, como escribió el Indio Solari. Nosotros, siempre subidos, sin miedo a la desilusión.







