Llevo a mis hijos al colegio, escucho a la Negra Vernaci, que no está. Llego, como siempre, con 30 segundos de anticipación a la hora señalada, lo que dirá que, otra vez, los chicos llegaron tarde, siempre por culpa mía, claro. En el viaje de regreso a mi casa y a mi computadora, sentí la extraña sensación de que hoy no era un lunes igual a todos. Todavía dormido, apenas llegué, prendí la computadora y, dispuesto a comenzar mi tarea, me tomé dos minutos adicionales para leer las noticias del día. Una debajo de la otra, recuerdan dos aniversarios, que por cierto no me son indiferentes. Hoy, el de la tragedia de Santa Fe que se llevo la vida de, entre otros, Nicolás Kohen; mañana, el de Ernesto “Che” Guevara.
La crónica fría cuenta que el martes 9 se cumplen 40 años del asesinato de Ernesto Guevara. Otra parecida, informa que hoy se cumple el primer aniversario de la muerte del hijo de mi amigo Sergio, Nicolás Kohen. Qué tienen en común uno y otro? Quizás todo, quizás nada. Ernesto nació hace 79 años en Rosario, fue uno de los líderes de la Revolución Cubana y en 1969 se estableció con un pequeño grupo guerrillero en Bolivia, donde fue capturado y ejecutado en forma clandestina por el Ejército Boliviano, con la colaboración de la CIA. Su muerte lo convirtió en un símbolo de alcance mundial. Su figura connota la lucha contra las injusticias sociales, de rebeldía y espíritu incorruptible. No sé dónde nació Nicolás, supongo que en Capital. Convivimos en el Country El Sosiego durante varios años, hasta su injusta muerte. Era un chico común, que la vida no le permitió ir más allá de los 16 años, edad en la que murió, en un absurdo accidente de tránsito junto a otros nueve compañeros de colegio, al volver de un viaje solidario a la provincia del Chaco. Su padre me honra con su amistad.
Los años cronológicos de vida que tuvieron el Che y Nicolás quizás fueron iguales, de familias de clase media alta, viviendo donde viven las clases acomodadas de Buenos Aires. Sus inquietudes sociales los llevaron a morir en ellas, el Che en Bolivia, a manos del Sargento Terán, y por orden de un agente de la CIA; Nicolás, en manos de un camionero borracho, muerto también en el accidente, víctima de su propia ignorancia y de un sistema perverso que, esta vez, castigó a todos. El Che me vuelve a sorprender al ganar otra batalla. Su ejecutor, ciego, es operado en un hospital de Cuba, gracias al sistema que él mismo combatió. Terán podrá apreciar los colores del cielo y de la selva, disfrutar la sonrisa de sus nietos y presenciar partidos de fútbol, pero seguramente jamás será capaz de ver la diferencia entre las ideas que lo llevaron a asesinar a un hombre a sangre fría y las de quien ordenaba a los médicos de su guerrilla que atendieran por igual a sus compañeros que a los enemigos. Nicolás me sorprende al morir en un viaje solidario que mi prejuiciosa estupidez no creía posible. La vida del Che me cautivó. La muerte de Nicolás me sorprendió. Ambos creían en la utopía.
Al Che lo veo reflejado en la mítica foto de Korda. Su imagen en la plaza de la revolución de Cuba es imponente. La misma imagen está reflejada en mi casa, en la misma pared que está la de Nicolás, abrazado a mi hijo y a sus otros amigos en días felices de futbol. En mi casa del country, que agudiza aún más mi humana contradicción. Ninguna plaza, calle, cancha, espacio o árbol del country recuerda a Nicolás. Injustos olvidos de esta época que rápidamente todo lo consume. Ya es la tarde. El sol se ocultó atrás de densas nubes que cubren el cielo, dejándolo con una cubierta gris plomiza. Parece que va a llover. Sólo me queda despedirme. Del Che y de Nicolás.
Hasta la Victoria Siempre.





